Hace poco oí una historia de un amigo bastante curiosa que está además relacionada con la historia que en este blog conté hace ya un tiempo, la de las máquinas expendedoras de braguitas usadas de colegiala.
La historia esta sacada de su web Japón de jabugo, y cuenta así:
"La gente aquí en Japón es muy cívica, no suele haber peleas por la noche, no da miedo pasear por ningún sitio de Tokyo, aunque no lo conozcas, de noche, solo, notándoseme a la legua que eres extranjero (vamos a ver, en Tokyo hay asesinatos y tiroteos y crimen, pero es cosa de las mafias, es muy raro verse metido en algo violento por Tokyo, que te roben el bolso, que te saquen una navaja, cosas así no ocurren). Si un borracho en el metro, o en un bar, se pone a insultar a todo el mundo, nadie le contesta, evitan la violencia.
Por Koga veo los huertos con sus rábanos, las lechugas y los tomates y no tienen ninguna valla, puedes estirar el brazo y pillar un tomate y, sin embargo, la gente no lo hace. En Tokyo hay tiendas de todo tipo (droguerías, ferreterías, librerías, de tecnología con cámaras digitales y ordenadores) que sacan a la calle, a la acera, algunas estanterías, en plan mercadillo. Vale, los productos excesivamente caros están atados con unos cordones, pero hay CD´s vírgenes, carretes de fotos, baterías, un montón de cosas muy expuestas, muy fáciles de robar y la gente, normalmente, no las roba.
El otro día en una barbacoa salió el tema y les decía a los japoneses que en España sería imposible, que todo "volaría" en seguida. Los japoneses me preguntaban si no les da vergüenza robar a los españoles. Yo les contesté que en España lo que da vergüenza es trabajar. Se rieron mucho, creían que estaba exagerando.
A lo que iba: el caso es que he conocido a una chica que está tremenda. Esta chica vive en una vivienda unifamiliar, una casita de planta baja y un primer piso, y notaba que de vez en cuando le faltaba alguna prenda íntima, pero no le dio mucha importancia hasta que un día le llama la policía para que fuera a la comisaría a una rueda de conocimiento de... bragas. Se presenta allí y ,de entre todo lo que había en una mesa, reconoce varios tangas y sujetadores como suyos, le dicen que puede recogerlos, ella pregunta que qué hacen sus bragas y sujetadores allí, y le explican que habían pillado in fraganti a un ladrón de bragas saltando la valla de una casa después de haber robado unas bragas tendidas al sol, efectuaron un registro en su casa y encontraron un importante alijo de lencería (bragas, medias, tangas, pantis, sujetadores...) inmediatamente entre lágrimas y ruegos el ladrón confesó quiénes eran sus víctimas.
El ladrón resultó ser un amigo del primo mayor de la chica ésta. Se conocían, no mucho, pero habían hablado alguna vez.
Ahora esta chica tiende su ropa interior en un lugar secreto y escondido y desconfía de los chicos más bajitos que ella.
Esta gente que no roba cosas necesarias y útiles o caras, van y les da por robar ropa interior de chicas. Son encantadores.
La otra historia le ocurrió a una chica que se crió en un barrio de Yokohama, luego toda la familia se fue a vivir a una ciudad del norte, y dejaron el piso de Yokohama vacío. Cuando unos años después, con unos 19 añitos, esta chica fue a la universidad, se matriculó en la de Yokohama y volvió a ocupar el piso de su infancia. Vivía sola. Pues lo mismo, notaba que le desaparecían bragas, pero vivía en un cuarto piso y era imposible que nadie se las robara cuando estaban tendidas, además no le desaparecían cuando estaban tendidas, simplemente un día echaba en falta unas bragas o un tanga. Quizás las había perdido en el gimnasio o vete tú a saber dónde.
Total, que un día esta chica está enferma, no puede ir a clase, está con su fiebre, sus tarros de medicinas, sus pañuelos de papel, tranquilamente leyendo en el salón y oye que se abre la puerta de su casa. Muerta de miedo, se asoma al pasillo, y en el pasillo hay un hombre. El homre, cuando la ve, da la vuelta y se marcha corriendo. Ella, aliviada, rápidamente llega hasta la puerta y le da tiempo a mirar por la mirilla y reconocer al hombre antes que la espalda y el cogote desaparezcan del todo: era un vecino de toda la vida, de la edad de sus padres. Era el típico vecino al que se le confían las llaves, quédese usted una copia por si un día me las dejo dentro o, por favor, si es tan amable, riégueme las plantas estas vacaciones, esas cosas.
Esta chica cambió la cerradura, no volvió a coincidir en el ascensor con este vecino, terminó la carrera, ahora está casada, tiene un hijo y nunca más le desaparecieron bragas.
Y puesto que uno está aquí empapándose de la cultura japonesa, aprendiendo este hermoso idioma, jugando al go, practicando kendo, comiendo con palillos, descalzándose al entrar a las casas (y a la escuela, y a algunas oficinas), participando en las fiestas populares... por qué no va uno a disfrutar también de estas pequeñas e inocentes perversiones -perversioncillas, diría yo- que ya forman parte de la cultura popular y además no le hacen mal a nadie? "